Alguien en la ventana
Capítulo 1



Ahora Alejandro tenía una recámara mucho más grande que la de antes, eso sí. Las paredes estaban recién pintadas y entraba mucha luz a través de dos ventanas. Si se asomaba por una de ellas, veía el departamento de enfrente, el cual no tenía ninguna gracia porque estaba vacío; si se asomaba por la otra, podía ver, cuatro pisos abajo, lo que antes había sido un jardín y ahora era pura tierra, excepto por una pequeña esquina con algo de pasto fresco y una enredadera que extendía sus ramas por la pared. Su papá había prometido que, dentro de poco, eso sería de nuevo un jardín lleno de pasto, donde pondrían un columpio y, cuando hiciera calor, una piscina inflable.
        Pero Alejandro continuaba con la ley del hielo. No les hablaría a sus papás por el resto de la eternidad. Él no quería mudarse y no entendía por qué habían decidido dejar su casa de siempre, en una colonia fuera de la ciudad, si habían sido tan felices allá. Para los once años de Alejandro eso era inconcebible. Simplemente es ilógico dejar una casa donde lo tienes todo, para ir a vivir en un edificio viejo y maltratado como éste.
        Su madre vio el edicto en el periódico. Esa propiedad había pertenecido a uno de sus antepasados, y se buscaba a algún descendiente para asignarla de nuevo y regularizarla. Alejandro había escuchado decenas de conversaciones entre sus padres, en ellas hablaban de abogados, prediales y no sabía cuántas cosas más. Pero él no entendía nada de eso. Sólo sabía que por culpa de una tonta herencia de alguien a quien ni siquiera conocían, había perdido su vida, sus amigos y su colegio. Es decir, había perdido su felicidad.
        —No sabemos ni quién es esa persona que se murió —rezongaba Alejandro.
        —Sí sabemos —aclaró su papá—. Era prima segunda de la bisabuela de tu mamá. Su esposo era arquitecto y construyó el edificio.
        —Ah, bueno, ¡¿y por qué no se lo dejaron a sus propios hijos?!
        Los papás se miraron.
        —Porque… seguramente no tenían —suspiró la mamá.
        —Ojalá —remató el papá.
        En efecto, así fue. Durante el periodo de trámites nadie apareció para reclamar la propiedad, todo se llevó a cabo en los mejores términos y finalmente la mamá de Alejandro tuvo en sus manos las escrituras del inmueble, cuya construcción databa de los años cuarenta.
        —O sea, es un vejestorio —anticipó Alejandro.
        Él conoció el edificio el día en que llegaron a vivir ahí. Entonces entendió por qué sus papás nunca habían querido llevarlo. Hubiera escapado de casa antes de permitirles que lo arrastraran a vivir a ese lugar.
        Eran cuatro pisos igual de espantosos, excepto una parte del cuarto, que sólo tenía diferentes, vistas desde fuera, las ventanas nuevas. En el local de la planta baja había un viejo negocio de lavandería, con grandes letreros que algún día fueron amarillos, con la palabra “clausurado” muy borrosa repetida en todos ellos.
        Mientras los papás seguían dando indicaciones a los hombres de la mudanza, Alejandro se asomó a la lavandería. Lo poco que pudo ver a través de los vidrios sucios fue un par de hileras de lavadoras separadas por un pasillo y, al fondo un ventanal desde donde entraba algo de luz. Alejandro, sin tener claro por qué, sintió un escalofrío y se alejó de la lavandería.
        Los papás de Alejandro habían decidido ocupar uno de los dos departamentos del cuarto piso –al que le habían puesto las ventanas– antes de llevar a cabo sus grandiosos planes para el lugar. Tenían algunos ahorros y pedirían un préstamo al banco para poder remodelar el sitio y vivir cómodamente de las rentas de los cuatro departamentos restantes y del local.
        —Sobran cinco departamentos; seis menos uno, cinco —observó Alejandro; no resistió romper la ley del hielo para aclarar lo elemental de las matemáticas. Total, el resto de la eternidad era mucho tiempo; podía hacer una excepción de vez en cuando.
        —¡No, haremos de este piso un solo departamento y tendremos un penthouse enorme! —dijo el papá con entusiasmo.
        —¡Podemos hacer un solar y poner muchas plantas! —agregó la mamá.
        Alejandro sólo se encogió de hombros. A él no le importaban esas cosas. Nada le causaba entusiasmo si no podía compartirlo con sus amigos de la cuadra y de la escuela. Ahora todos ellos estaban demasiado lejos. Sus papás habían intentado convencerlo de que podría seguir viéndolos de vez en cuando, pero él sabía que no era así. ¿Ir a la ciudad? ¿Para qué? Si allá tenían todo, y bajar a la ciudad era garantía de neurosis. Era cierto. Había mucho tránsito, mucha gente, el aire olía mal y molestaba la garganta. A nadie de su antigua colonia le gustaba ir a la ciudad. A él tampoco. Alejandro sospechaba también que ellos no irían más por allá. Y a cada momento esta sospecha se convertía en certeza. Sus padres miraban el lugar como si fuera un gran tesoro. No parecía que quisieran volver a salir de allí jamás.
        La tristeza lo llenaba casi por completo, pero Alejandro no quería llorar frente a sus papás. Tomó una de las cajas de cartón con su nombre junto a una carita feliz, que por supuesto no había hecho él, y la llevó a la que sería, a partir de esa noche, su habitación.
        Apenas cerró la puerta, las lágrimas empaparon sus ojos. Miró las paredes blancas y brillantes y sólo pudo pensar en un futuro triste y opaco. ¿Qué haría ahora, solo en ese edificio? Sus papás le habían advertido que la ciudad no era como el lugar donde vivían antes. Allí los niños no salían a jugar solos hasta el anochecer: era peligroso. Y también sabía lo difícil que sería asistir a un nuevo colegio a medio año escolar. Los amigos se hacen en los primeros días de clase. Para entonces todos los grupitos estarían formados y él no tendría lugar en ninguno.
        Alejandro no derramó demasiadas lágrimas. Pronto la tristeza fue desplazada por el enojo y la preocupación, que le hacían sentir el corazón apretado y un hoyo en el estómago, pero no le provocaban llanto. Suspiró profundamente, como a veces se hace después de un berrinche, y sintió algo de náusea. Era el olor de la pintura reciente de esas paredes. La ventana que daba al jardín estaba abierta, pero la otra no, por eso no circulaba el aire. Alejandro tiró de la manija, parecía atascada. Intentó con más fuerza, pero era imposible. Entonces vio una silueta pasar por la ventana sin cristal del departamento de enfrente. Tal vez era su papá o su mamá, que había ido a hacer planes pensando en el futuro penthouse. En ese momento la puerta de su recámara se abrió, y sus papás entraron con una caja grande.
        —Alex, hijo, acércate —pidió su mamá. Su papá colocó la caja en el suelo.
        —Esto es para ti. No queremos que te sientas solo mientras te adaptas —dijo su papá—. ¿Qué pasa, hijo, qué miras?
        —¿Están todavía los señores de la mudanza? —preguntó Alejandro sin dejar de mirar hacia la ventana de enfrente.
        —No. Terminaron de bajar todo y se fueron. Ahora nos toca a nosotros arreglar un poco… ¿Qué pasa, qué hay? —su mamá se había acercado a la ventana.
        —No sé…, nada —contestó Alejandro y miró por primera vez la caja, que se movía por sí sola en el suelo.
        Pero… ¿Lo habían hecho?
       ¡Sí! Dentro de la caja brincaba un cachorro tratando de salir. Era un perrito color miel, de patas grandes, orejas caídas y una lengua que lamía sin parar su cara. Alejandro se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo.
        —Gracias pa, gracias, ma —dijo, olvidando por completo la ley del hielo.
        —Bueno, ven a ayudarnos un poco, en lo que piensas en un nombre para este muchacho —dijo el papá.
        Alejandro asintió con la cabeza. El papá lo vio acariciando a su cachorro y se sintió tranquilo. Decidió darle unos minutos a solas con su nueva mascota y salió de la recámara. Alejandro se paró para ir detrás de él.
        —¡Ven, amigo! —llamó al perrito, pero éste se había ido a parar frente a la ventana atascada. Brincaba tratando de alcanzarla y lanzaba esos ladridos agudos y chistosos de los cachorritos. Alejandro lo cargó y se asomó con él a la ventana. Esta vez no vio pasar rápidamente una silueta. Ahí estaba, asomado.
        Era un niño que, a la distancia y a la luz del atardecer, parecía de su misma edad. ¡Un niño en el edificio! ¡Y un perro! ¿Qué más podía pedir?
        El niño sonrió y lo saludó agitando la mano. Alejandro dejó al perro en el suelo, jaló la ventana con todas sus fuerzas, y sólo hasta que tuvo los cachetes rojos y las manos adoloridas, la ventana cedió. Ya podía saludar a su vecino. Pero antes de que pudiera decir algo, el niño se puso el dedo índice en la boca pidiendo silencio. Y después hizo otra seña que quería decir “ven”. Alejandro le contestó, también con señas, que en un momento estaría allí, y que guardaría silencio.
        Salió de su recámara con el cachorro brincando tras él. Sus papás escuchaban música en una grabadora de pilas mientras acomodaban los muebles. Parecía como si ensayaran la coreografía de un musical llamado “La alegre mudanza”.
        —Falta una de mis cajas, creo que se quedó allá abajo —dijo Alejandro.
        —Pues vas a tener que ir tú por ella, campeón, porque yo he subido esas escaleras como cien veces —dijo el papá y le lanzó un gran manojo de llaves.
        —Ahora vengo. Pa, ¿estás seguro de que nadie vive en este edificio?
        —Segurísimo. Ha estado abandonado por años.
        —Décadas, cariño. Décadas —aclaró la mamá.
        Alejandro salió de su departamento y, en lugar de bajar las escaleras, cruzó el pasillo hacia la puerta del departamento de enfrente.



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