¡Casi medio año!
Capítulo 1



Me acabo de encontrar este cuaderno tirado en un sillón de la sala. Está vacío, parece nuevecito. Ha de ser de la mensa de Mariana, que siempre está haciendo que mi mamá le compre cosas y luego ni las usa. Como ayer: fuimos al super porque faltaban unas latas de atún para hacer la cena y como de costumbre esta tonta empezó a berrear:
        —¡Quiero ver las muñecas, quiero ver las muñecas!
        Y mi mamá, que yo no sé porqué siempre le hace caso, me dice:
        —Lleva a tu hermana a ver las muñecas en lo que yo escojo unas papitas.
        —Bueno —dije, y me fui detrás de ella. Se estuvo media hora babeando con cada muñeca. Yo no sé qué chiste les encuentra, todas hacen puras cosas tontas. Algunas echan babas, otras lloran y otras hasta se hacen caca en los pañales. Qué asco, ni que fuera tan divertido. Es más, no hace mucho, cuando mi mamá tenía que cambiarle los pañales a Mariana, ella ponía siempre cara de asco y yo corría lejos. Es que también los niños de verdad hacen muchas cochinadas. Me acuerdo de una vez que fuimos a Acapulco, que por cierto fue la última vez que viajamos con mi papá. Llegando nos metimos a la alberca con todo y Mariana. Una señora gorda y pelirroja, que quién sabe quién era, se acercó a mi mamá y le dijo que si la dejaba cargar tantito a Mariana. Mi mamá se la prestó, y ella la levantó y se puso a zarandearla. Yo me le quedé viendo un rato, pensando en las cosas horribles que podían pasar, y justo cuando iba yo a avisarle que mejor no la zarandeara porque veníamos de la carretera, Mariana hizo unos ruidos con la boca y devolvió en la cara de la señora todo lo que se había comido en el camino. Eso sí que fue asqueroso. La señora gorda tenía vomitada toda la cabeza y aventó a mi hermana en el agua y casi se ahoga, porque estaba muy chiquita y no sabía nadar. No es porque fuera chiquita, ahora es más grande y todavía no sabe. Claro que una buena razón es porque no tenemos agua cerca para enseñarla.
        Me acuerdo que mi mamá se enojó con la señora gorda porque por su culpa mi hermana estuvo a punto de ahogarse; pero en ese momento pensé que yo también hubiera aventado a Mariana, porque es muy feo vomitar encima de las personas y de las albercas. Yo no pude volver a nadar ahí en todo el viaje, porque me acordaba de los pedacitos de comida que Mariana le había echado y me daban náuseas. A pesar de que vi que mis papás sí se metieron y a cada rato me decían: "ven ven, no seas payaso", yo prefería irme a nadar al mar porque, aunque ahí también se hacen pipí y todo, el agua se limpia sola.
        Además yo sé nadar muy bien en el mar porque nací en Zihuatanejo. Nací ahí porque es el lugar donde mis papás vivían cuando se conocieron y todo lo demás. Era bien padre. Yo me pasaba toda la mañana en el agua o en el restaurante que tenía mi papá en la playa, y en las tardes me iba con mi mamá al hotel donde trabajaba como de gerenta o algo así y ahí todos me querían mucho. Dice mi mamá que yo era muy simpático y que hablaba como costeño; estaba todo tostado y además tenía el pelo güero por el sol. Ahora veo fotos mías y creo que no me parezco nada a como era antes.
        En ese entonces yo no iba a la escuela. Empecé a ir cuando venimos a México, cuando yo tenía como cinco años. Ya me debía haber acostumbrado porque ya llevo otros cinco años viviendo aquí, pero todavía extraño mucho a mis amigos de allá. No eran amigos normales como los que tengo ahora, todos ellos eran mayores y trabajaban en la playa. Había uno que le decían el Flaco porque así era: se le traspasaban todas las costillas y las clavículas. Tenía una lancha que les prestaba a los gringos para esquiar a cambio de dólares, que es el dinero que usan los gringos y cuesta más dinero que el dinero que usamos acá. Y le iba muy bien, porque a los gringos les gusta esquiar pero casi nunca saben cómo; el Flaco cobraba la lancha por hora y los gringos gastaban muchas horas para aprender a esquiar entonces terminaban pagándole muchos dólares. Yo lo acompañaba y me iba en la parte de atrás de la lancha, para vigilar al gringo y avisarle al Flaco cada vez que se caía, para rescatarlo. Como recompensa, el Flaco me enseñó a esquiar, y como no soy gringo, aprendí muy rápido y muy bien. No sé si ahora, después de tantos años de no practicar, todavía me salga. Pero de todos modos aquí en la ciudad no me sirve para nada saber esquiar. Ni modo que me ponga a esquiar en la tina.