Miércoles de ceniza
Cuento

Antología Famosas últimas palabras


MIÉRCOLES DE CENIZA

Había cola para entrar a la iglesia. Es lo malo de ir a comer a casa de las amigas, que la jurisdicción sobre uno recae en los papás ajenos. Y la mamá de Chabela quería ir a la iglesia hoy, así es que cargaron con todo y la visita, que hubiera preferido quedarse jugando con las Barbies de Chabela.

Mariana no entendía mayor cosa de iglesias ni de nada que tuviera que ver con ellas, pero nadie le pidió su opinión y de todos modos tuvo que ir. “A qué venimos”, preguntó en voz baja a su amiga. “A tomar ceniza”. Guácala, pensó Mariana, creyendo que se trataba de tomar con la boca y cenizas de cigarros, que fueron las primeras que se le vinieron a la mente. En su cabeza se dibujaron unos señores que eran como esclavos y que el cura mantenía en algún sótano fumando cigarrillos, para tener suficientes cenizas que darles de tomar a todas esas personas que estaban haciendo la cola.

La fila avanzó hasta permitirles entrar a la iglesia. El olor espeso no lo reconoció Mariana, porque no había estado antes en una iglesia llena, y casi que en ninguna otra circunstancia. De hecho la única vez que estuvo en una fue en Puebla, y eso porque era escala del tour.

Mariana miraba toda sorprendida las estatuas de ojos tristes, concluyendo como razón de los mismos lo aburrido que debían pasársela aquellos siendo estatuas y viviendo en una iglesia maloliente. Un suspiro de alivio que escapó de sus pulmones casi sin querer interrumpió sus conjeturas. Las personas que regresan tienen un manchón negro en la frente: suerte que la ceniza se toma así y no con la boca.

Siguen avanzando y Mariana mira fijamente los manchones que intentan parecer cruces en las frentes de las personas hasta que algo desvía la atención de sus ojos. Es un hombre en una vitrina de cristal, acostado sobre un almohadón blanco, con cara de estar agonizando y la frente llena de agujeros. Claro está que es una estatua, que, además, tiene hoyos sangrantes en las manos y en los pies, y una herida grande en el pecho. “¿Y éste por qué está así?” le preguntó a Chabela, y a pesar de lo bajo de su voz, sus palabras fueron a alcanzar las orejas de la madre, quien se apresuró a resolver su duda: “Está así por culpa de nuestros pecados”, dijo la mamá de Chabela. Y claro que Mariana, aunque no tuviera nada que ver con iglesias, esa palabreja sí que la conocía. Los pecados son las cosas malas que hacen las personas, se contestó en la mente como para confirmar que lo sabía. Lo que no sospechaba es que la familia de Chabela tuviera tantos pecados como para dejar así a un pobre hombre. “¿Los pecados de quiénes?”, preguntó ahora sí directamente a la mamá de Chabela. “Los de toda la humanidad, niña”, dice, y ya se nota un poco de fastidio en su voz. Ah, con razón, piensa Mariana, a la que por un momento no le dieron ganas de incluirse con toda la humanidad, pero como tampoco le gustó pertenecer a ninguna otra categoría, en la poca cola que les quedaba meditó sus propios pecados en lugar de distraerse viendo estatuas de ojos tristes y manchones negros en las frentes.

¿Sería el peor cuando abrió la bolsita de chocolates en el supermercado y se comió unos cuantos sin pagarlos?... no, era una cosa muy tonta, nadie podía lastimar tanto a alguien por eso. Ni tampoco por haber lavado sus tenis con el cepillo de dientes de Armando, ni tampoco por copiar en el último examen de ciencias sociales, ni por haberse dado un beso en la boca con su primo la vez que pasaron el año nuevo en Cuernavaca; aunque pensándolo bien esto no tiene nada de malo, los artistas lo hacen en la tele, quién sabe entonces por qué el primo y ella se escondieron aquella vez en el patio de atrás.

Mariana sigue sin entender nada cuando le toca el turno del manchón. No será el padre quien se lo ponga, sino un niño de vestido blanco. “¿Si me pones eso se me quitan los pecados?”, pregunta y el niño del vestido blanco le dice que por supuesto. Así es que Mariana se deja tiznar la frente como los demás, y camina de regreso con mancha y con alivio.

Sin embargo éste último se esfuma cuando vuelven a pasar frente a la vitrina de cristal: el herido sigue como antes. No sirvió de nada, piensa Mariana, mejor hubiera sido quedarse jugando con las Barbies.



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