El problema no fue habernos cambiado al multi, el multi estaba bien. Lo malo fue cómo nos cambiamos. Eso sí que fue trágico. Era una noche de esas normales, todos merendamos y nos fuimos a dormir, sin sospechar que al día siguiente en lugar de estar nosotros en la escuela y mi papá trabajando, queriendo o no, tendríamos que pasarnos la mañana afuera de la casa, con nuestras cosas tiradas en la calle y la cabeza llena de preguntas.
        Todo empezó a esa hora rara en que ya no es de noche aunque esté todo oscuro, cuando el sol ni siquiera se ha animado a asomar un sólo rayito y no se oye ningún ruido. Ni uno. Era una noche entre semana, y nosotros no acostumbrábamos tener visitas las noches de los días entre semana, y en realidad de los fines de semana tampoco. Por eso fue entre sorprendente y terrorífico escuchar el timbre de la puerta a esa hora. Esa vez comprobamos que la fama que me ha hecho mi familia es muy falsa. Dicen que cuando yo me duermo es como si me perdiera en otro universo. Mi papá dijo una vez que si dos ejércitos enemigos escogieran el pie de mi cama para enfrentarse y empezar una guerra mundial, a mí me pasaría de noche. Pero vimos que no, porque el timbre me despertó. Es cierto también que el que tocaba no era muy discreto, más bien parecía que necesitaba algo con mucha urgencia.
        El que se paró a abrir fue mi papá, con el pelo parado y con pijama, como se pararía a abrir cualquier gente normal a esas horas. Yo me levanté también y lo seguí hasta la puerta sin que se diera cuenta.
        El que tocaba era el señor Alcalá, el casero; venía con un policía y un perro y en verdad tenía una urgencia, que era la de ponernos en la calle, a nosotros y a todos nuestros cachivaches. Y esto de en la calle no lo digo nada más por decir, en la calle quiere decir parte en la calle calle —esa que fue hecha para que pasen los coches y no para hacer campamento con los muebles de uno—, y parte en la banqueta.
        —Se venció, Sánchez, no puedo esperarlo más —le dijo Alcalá a mi papá.
        —¿Qué día es hoy? —le preguntó mi papá con esa voz que hacen todas las personas que no han acabado de despertar por completo.
        —Es una semana después del día que me prometió la renta de los cuatro meses que lleva atrasados. Lo siento mucho.
        Yo veía todo eso desde detrás del mueble de la televisión y lo primero que se me ocurrió fue salir a defender el honor de la familia, o por lo menos la casa de la familia, pero pensé que me iba a ver muy ridículo enfrentándome al señor Alcalá, al policía y al perro en mi pijama de ositos que ya no me quedaba bien y me hacía ver como el Hombre Increíble cuando está a punto de romper su traje porque se puso verde. Si nomás hubiera estado apretada no me hubiera importado, pero los ositos era algo que debía de haber dejado de usar hace mucho tiempo; y, sin embargo, la verdad es que uno le puede llegar a tener mucho cariño a una pijama, sobre todo si es la única que tiene.
        Pero además de eso, Alcalá venía con refuerzo y su refuerzo no tenía una pistola, pero sí una macana. Y el arma más mortífera de mi colección de armas (que son dos) es una resortera lanza corcholatas que es muy efectiva, creo que hasta podría haber competido con la macana, pero en ese momento yo no estaba preparado y no tenía ni una corcholata. La otra es un cuchillo que se encoge cuando uno da la cuchillada y parece que el filo se quedó en la panza del otro, o en las costillas o en donde le pegue, o sea que sirve menos que la resortera.
        Así es que sin salir de detrás del mueble de la televisión nada más dije:
        —Pero no tenemos a dónde ir.
        Todos me voltearon a ver menos el perro. Alcalá dijo con una voz más tranquilita que estaba muy apenado, que lo sentía mucho pero que no era la beneficencia, que él también tenía problemas de dinero y necesitaba la renta. Mi papá no dijo nada.
        Entre Alcalá y el policía empezaron a sacar los muebles de la casa con muchos trabajos, este escándalo hizo que se despertara mi hermana Diana que tiene un carácter muy fuerte —es la de peor carácter de la familia—, pero ella sí tuvo la precaución de aplacarse un poco el pelo y ponerse una bata, y así salió y le dijo de cosas a Alcalá señalándolo con el dedo; le dijo que iba a ir a la comisión de derechos humanos y si no le hacían caso iba a pedir una cita con el presidente. Con la gritadera de mi hermana, mi hermano Francisco se despertó desde su cuarto. No se pudo integrar al drama familiar porque a los tres años aún dormía en una cuna de la que no se podía bajar sin la ayuda de alguien. Alcalá y el policía, como si oyeran el viento. Ni las amenazas de Diana ni los berridos de Pancho lograron conmoverlos. Mi hermana se cansó de pegarle de gritos, fue a sacar a Pancho de la cuna y se puso junto a mí detrás del mueble de la televisión. Desde ahí vimos cómo todas nuestras cosas salían una a una de la casa. A decir verdad era divertido ver lo negras que se las estaban viendo Alcalá y el policía, porque ninguno de ellos era muy fuerte que digamos y les estaba costando mucho trabajo, y ni modo que nosotros les ayudáramos a ponernos de patitas en la calle. Pues no. Así es que mejor nos sentamos en el sofá grande a mirar toda la operación. Mi papá no quería ni voltear a vernos, se quedó junto a la puerta y llegó un momento en que empezó a cabecear. Estoy seguro de que hasta llegó a dormirse. Yo le di un codazo a Diana para que viera eso.
        —Es que anoche tampoco durmió nada —me explicó.
        —¿Poooooor? —le pregunté yo.
        Ella vio la tragedia en la que estábamos con media casa ya en la banqueta y me echó ojos de “¿pues por qué va a ser, baboso?”.
        Es cierto que mi papá hacía tiempo que no dormía bien. En parte era porque no teníamos dinero y parte también porque mi mamá no estaba con nosotros. Lo dije así porque así salió, no porque el dinero fuera más importante; cuando estaba mamá teníamos poco dinero también y no me acuerdo nunca de haberle oído un insomnio a mi papá.
        Diana fue con mi papá y lo trajo a que se sentara con nosotros en el sofá, todos parejitos, como si en lugar de estar mirando el desalojamiento, estuviéramos viendo una película triste.
        —¿Por qué le abriste? —le preguntó Diana a mi papá.
        —Porque no sabía quién era.
        —Y quién creías que podía ser, ¿el lechero?
        —¿Por qué no?
        Mi hermana ya no le contestó que nosotros comprábamos la leche en el super y que jamás había ido ningún lechero a la casa, ni mi papá le dijo que podía haber sido un lechero nuevo, y qué bueno, porque así pasaba con ellos dos: podían discutir por horas seguidas y nunca ponerse de acuerdo, pero creo que en ese momento todos estábamos muy desmañanados, ellos como para discutir una de sus clásicas tonterías y Pancho y yo como para escucharlos.
        Y queriendo o no, al final tuve que cooperar a fuerzas con la mudanza a la calle, porque para la hora en que Alcalá y el policía llegaron a mi cuarto —y de Pancho—, ya estaban muy cansados y yo no quería que fueran tropezándose y en una de esas tirar alguno de mis juguetes y lo rompieran, y yo tenía juguetes muy delicados, como un cuartel de naves espaciales que hice con palitos de paleta helada y pegamento. Diana no me quiso ayudar a moverlo, porque mi cuartel siempre le dio muchísimo asco. Pues es que claro que a mí no me había alcanzado la vida para comerme todas las paletas heladas que se necesitan para hacer un cuartel de naves espaciales, entonces lo que hacía era sacar palitos usados de los basureros. Así es que Diana opinaba que mi cuartel más que cuartel era una colección de microbios ajenos. Ella se fue a su cuarto y empacó todas sus cosas no porque fueran frágiles, sino porque dijo que no iba a dejar que esos barbajanes les pusieran sus cochinas manos encima. Les digo que tiene mal carácter.
        No eran ni las seis de la mañana cuando ya estábamos con todas nuestras cosas haciendo una especie de campamento o de huelga en media calle, con los sillones de la sala, las camas, la tele, mi cuartel y el perro, que resultó que no era ni del policía ni del señor Alcalá, sino que nada más se había acercado por curiosidad.
        Así es que no fuimos a la escuela. A mí siempre me ha gustado tener un pretexto para no ir a la escuela, pero esta vez era demasiado terrible y sobre todo demasiado cierto para mi gusto.
       Al menos no teníamos tantos muebles, porque si no, hubiéramos obstruido el tráfico de la calle como si estuviéramos haciendo una marcha de protesta y todo el mundo nos hubiera visto con mucho odio —como miran a los que hacen marchas de protesta—. Pero no, como quedaba un cachito para que los coches pasaran, nadie nos dijo nada, sólo nos veían con un poco de pena. Algunos vecinos se acercaron a preguntar si podían ayudar en algo. Y mi papá les decía que en nada, muchas gracias. La verdad es que la única manera en que alguien podría habernos ayudado es si tuviera una casa extra para ponernos, y eso no es algo muy común que digamos.
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