J.J. Sánchez y la turbulenta travesía del Alacrán
Fragmento



—¡El Alacrán, oye, es un apodo muy bueno! —dijo la Bombonita, supongo que porque yo no había quitado mi cara de decepción —. A ver, ahora dime tú el mío.
        Pensé que después de un apodo como el que me acababa de poner, no podía yo salirle con el mío que era súper cursi. Así es que pensé con mucho esfuerzo para inventar rápido uno parecido al suyo. Pero luego pensé que en verdad yo no tenía un pretexto para haberle puesto, por ejemplo, “La Rompequijadas”. Así es que le tuve que decir la verdad.
    —La Bombonita —repitió ella despacito, como si estuviera saboreándolo y se quedó callada un momento —. ¡Me gusta mucho!
        En verdad le gustaba. Pues sí, era mejor que ponerle la Tuercededos o la Tarántula. Bueno, al menos uno de los dos estaba contento con su apodo.
        —Te invito a mi casa —me dijo la Bombonita sin dejar de sonreír —. Quiero que veamos una película.
—Pero no hay quien se quede con Pancho, ¿lo llevamos?
        La Bombonita me dijo que no, que la película que quería que viéramos no la podía ver Pancho. Hice trabajar poco a mi cerebro para resolver el problema en ese mismo segundo y decidí ir a depositar a mi hermano un rato con mi Bisa, que en ese momento estaba, como de costumbre, arreglando su clóset.
        —¡Hola, Bisa! —saludamos Pancho y yo al mismo tiempo —, mira, te presento a una amiga —y a la Bombonita —, ella es mi bisabuela pero de cariño le decimos Bisa.
        —Hola, señora —saludó la Bombonita.
        —Hola, nena —le contestó mi Bisa.
       ¿Nena?, me pregunté yo. Raro, si mi Bisa a nosotros nos dice de cariño “chamaco”, “escuincle” y nombres nada lindos, incluyendo a Diana. Pensé que a lo mejor la Bombonita inspiraba la cursilería, al menos entre los miembros de mi familia.
        —Bisa, ¿te quedas con Pancho un rato? Es que voy a casa de mi amiga a ver una película.
        Mi Bisa dijo que sí, Pancho se tiró en su cama a tomar la siesta y mientras la Bombonita lo tapaba, mi Bisa se acercó y me dijo al oído.
        —Está linda la chamaca, ¿eh?, ¡ándele, matador!
        Me cerró un ojo y me comprobó que tengo la Bisa más chistosa del mundo.
        En el camino que separa el edificio de nosotros del edificio de la Bombonita, traté unas ocho veces de tomarla de la mano, pero ella venía rápido, como si el asunto fuera mucho más importante y urgente que ver una película, así que no pude. Digo, la verdad es que esa era mi primera cita romántica con ella, ver una película en su casa sonaba así como muy de novios, y a pesar de que no encontré la oportunidad de tomarla de la mano, el corazón no dejó de latirme como a mil por hora todo el tiempo, y cuando llegamos a su puerta estaba a punto de explotar, entre el amorcito y los seis pisos.
        Su sala estaba tan limpia como la habíamos dejado cuando fui a ayudarles a ella y a su mamá a hacer el quehacer.
        —Siéntate —me dijo señalando el sillón que estaba frente a la televisión. Ella no se sentó junto a mí, sino que se paró enfrente y dio algunas vueltas por la sala.
        —Mira —comenzó y dejó de caminar —, lo mejor para andar seguro en esta vida, es que todo el mundo piense que uno es muy peligroso. Vas por la calle y en lugar de andar con tu cara de siempre de buena gente, lo que hay que hacer es poner cara de loco.
        Oh, decepción, pensé yo. Creí que me había llevado a su casa a ver una película toda romántica y resulta que me estaba dando lecciones de seguridad. Ella sacó un video del mueble de la tele y lo metió en la videocasetera.
        —Esta película que vamos a ver es la que tiene el mejor ejemplo de cara de loco peligroso que puedes hacer para andar seguro por la vida. Mi mamá me la puso cuando mi papá se fue y nos dejó solas, y nos ha sido muy útil. Así es que pon mucha atención, ¿entendido?
        —Sí.
        La película empezó y la Bombonita no dijo nada más y tampoco se sentó cerca de mí. Tenía el control remoto agarrado con las dos manos. Y yo no me moví de donde estaba, no porque no quisiera, sino porque sentía como si estuviera en una clase con la maestra Rocío. La película se llamaba “El Resplandor”, y apenas salió el título, la Bombonita se puso a avanzarle rápido.
        —¿Qué no vamos a verla completa?
        —No, es que el señor no está loco al principio, sino después.
        —Mejor la vemos toda, y cuando salga la cara de loco, me avisas para que yo ponga más atención, ¿va?
        La Bombonita hizo unas cuentas con el reloj y dijo que bueno. Es que yo tenía que irme antes de que llegara su mamá, por aquello de que no le caía bien porque era niño y no le hacía gracia ningún hombre desde que su papá se fue para siempre después de decirles que iba por un taladro. Pero teníamos tiempo de verla toda, así es que ella dejó el control remoto en la mesita y se sentó en el otro extremo del sillón.
        La película se trataba de un escritor que se va un invierno con su esposa y su hijo a cuidar un hotel que está en medio de la nieve, y se tiene que quedar ahí encerrado sin salir ni nada durante unos meses.
        Es muy raro que yo me distraiga viendo una película, porque me encantan las películas, casi todas. Y la verdad es que al principio yo estaba con la mitad de mi cerebro ocupado en la película y la otra mitad en pensar cómo agarrar valor para irme acercando poco a poco hasta donde estaba la Bombonita. Eso fue muy bueno: si hubiera visto esa película yo solo por mi cuenta, no hubiera podido dormir en dos semanas, porque parecía en verdad de mucho miedo. Ella no se estaba dando cuenta de nada, lo que hacía era ir contándome lo que los dos estábamos viendo en la pantalla. Cuando estuve lo suficientemente cerca, puse mi brazo en el respaldo del sofá y se lo pasé por los hombros. Ella sólo me miró con una sonrisa. En ese momento se me olvidó la película, el apodo, que yo tenía que poner atención en la pantalla, el viaje, y casi casi cómo me llamaba. Estuve abrazándola no sé cuánto tiempo mientras el fulano de la película enloquecía por completo y perseguía a su esposa y a su hijo por todo el hotel para matarlos.
        —¡Mira, mira! —interrumpió mis pensamientos la Bombonita — ¿Ves cómo agarra el hacha? ¡Mira!
        —Sí, qué bien, está muy loco este cuate —le contesté yo con ojos de borrego.
        En ese momento se rompió todo el encanto, la Bombonita se separó de mí, agarró el control y puso pausa.
        —A ver, ¿cómo es? —me preguntó.
        —¿Cómo es qué?
        —¡La cara! ¿Cómo es la cara?
        La Bombonita quería que yo hiciera la cara del tipo de la película. No me salía, claro está, porque estaba, como dije, con ojos de borrego enamorado, y esos ojos no tenían mucho que ver con los ojos de chiflado del personaje. La verdad es que yo tampoco pensaba ir a Chiapas con cara de loco, pero de todos modos seguí intentando. Después de una media hora, a la Bombonita le pareció que mi cara de loco estaba más o menos bien. Entonces vio su reloj y paró la película. Me tomó de las dos manos y me dijo:
        —Te voy a extrañar, Alacrán.
        —¡No, por favor, no me digas el Alacrán tú! Ese apodo lo voy a usar cuando me vaya, pero tú mejor dime J. J. como todo el mundo.
        —¿Jota jota?
        —O José Juan, o Juan o José solos, o hasta Pepe si quieres, ¡pero Alacrán no! Porfa.
        —¿Te llamas José Juan? ¿José Juan qué?
        —Sánchez.
        —José Juan “El Alacrán” Sánchez… ¡Suena bien, hasta rima!... José Juan – Alacrán —la Bombonita me miró con cara de broma y luego me dijo, ya seria —. Está bien, J. J.
        Me hizo prometerle que le escribiría por correo electrónico. Yo le dije que así me comunicaba con mi mamá, pero yo sólo hacía las cartas a mano y mi papá era quien se encargaba de lo demás desde un café. Que yo no tenía ni una cuenta de correo ni una computadora ni nada.
        —Mi mamá tiene una computadora que usa para trabajar y me la presta un rato en las noches para hacer mis tareas o ver cosas en Internet… ¿quieres que yo te abra una cuenta?
        —¡Claro! —fue mi obvia respuesta, porque lo mismo le hubiera respondido a cualquier cosa que me ofreciera. Quedamos en que ella me abriría la tal cuenta y después me enseñaría a mandar los mensajes.
        —Me vas a dejar muy preocupada, ¿me vas a escribir diario?
        —Pues… no sé si pueda, y si en todos lados hay cafés con internet como al que va mi papá.
        —Ojalá que haya —suspiró.



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