“¿Con que querías aventuras, eh?” me decía a mí mismo en un tonito bastante regañón. Crucé los dedos para que encontráramos el campamento. Y que ahí hubiera gente (y si había gente precavida que había llevado repelente para moscos, mucho mejor) y también comida y una fogata. La fogata nomás se me antojaba de adorno, porque seguía haciendo un calor endemoniado.
        Caminamos unos pasos más al lado del arroyo, que tenía más agua que el que habíamos cruzado con los troncos, mientras me hacía muchas ilusiones con respecto a ese campamento. Astianax se detenía de vez en cuando y cortaba algunas hojas de los árboles para el monito.
        —Pa nosotros tenemos tu sanwis que no te comiste, y agua. Eso alcanza pa’ amanecer mañana y ponernos a andar de nuevo — dijo Astianax y empezó a romper mis ilusiones. Eso significaba que en el tal campamento no habría gente, y que si había, no tendrían comida. Eso podía ser mucho peor, ¿qué tal si llegábamos y una bola de campistas muertos de hambre luchaban con nosotros por un sándwich y medio?
        Poco después me di cuenta de que todos mis pensamientos habían sido eso, puras ilusiones. Sí, en efecto, Astianax señaló de pronto hacia un punto.
        —¡Ai ‘ta, ai ‘ta, el campamento, te lo dije, ja, ja! —gritó muy feliz.
        Yo lo que vi fue el techo de palmas de una choza, nada más.
—Orita mientras hay la luz, hacemos las camas y ya —dijo Astianax mientras nos acercábamos. Vaya, al fin algo que sí sabía hacer y bastante bien.
        El campamento no era un conjunto de tiendas de campaña llenas de exploradores que cocinaban pescados y bombones en sus fogatas. Era una choza que no tenía ni paredes; apenas algunos pedazos de madera que intentaban formar una cerca que quedaba medio incompleta. Y adentro, pura tierra y algunos palos arrumbados en una esquina.
        —¿Y las camas? —pregunté.
        —¿Pos no te digo que hay que hacerlas? —me respondió.
        No, pues así la cosa cambiaba un poco, porque yo lo que sabía era tender camas, no hacer camas. Eso no lo sabía hacer ni bien ni mal, y lo único que había construido en mi vida era el cuartel de palitos de paleta que le había vendido al Soldado y gracias a ese dinero me encontraba ahora en esa situación tan complicada.
        Pero a fin de cuentas no fue difícil. La verdad es que yo hubiera cambiado las cosas, me hubiera comido el sándwich primero y ya con el estómago un poco lleno hubiera hecho la cama, pero como me dijo Astianax y tenía razón: para comer no necesitábamos la luz del día que estaba a punto de irse y para hacer la cama sí.
        Lo que estaba arrumbado en el rincón de la choza eran unos ladrillos y unas tablas. Había que acomodarlos de manera que sobre los ladrillos se colocaban las tablas y ahí se dormía uno.
        —Me parece que sería más cómodo dormir en la tierra —dije yo, pues mi cama había quedado muy, pero muy irregular.
        —¿No te digo que hay mucho bicho? Te pones arriba, en la tabla, y no te alcanzan, ¡en la tierra te comen!
        Ya para cuando me dijo esto, apenas lograba ver su cara. Él tomó más madera del rincón y la acomodó en el centro de la choza, en medio de las dos camas. El monito estaba acomodado en la de Astianax, envuelto en su paliacate, comiendo las hojas que había recolectado para él.
       Astianax sacó unos cerillos de la mochila e intentó encender la fogata. Tomó las servilletas de los sándwiches y las puso entre la madera. Con eso empezó a encender un poco mejor.
        —¿Tú no tienes papeles ahí? —preguntó, señalando mi bolsa-cinturón.
        —No —contesté, pero hice un recuento en el cerebro —. Bueno, sí, sólo uno, pero no es papel-papel y no lo podemos usar para esto.
        Me refería a la foto de la Bombonita, la que me dio el día que nos despedimos, en la que tenía como cuatro años; pero estaba bonita y además era la única foto que tenía de ella. La única foto que tenía conmigo, en realidad.
        —¡Tons’ deja de papar moscas y ven a soplarle!
        Soplamos hasta que el fuego agarró bien la madera y se formó una fogata en serio. Fue la única de mis ilusiones que se cumplió, pero la que menos ilusión me hacía. Aunque también, era una ventaja tener aunque sea esa luz, ya en la estación había visto la selva de noche y es muy, pero muy oscura.
        Astianax buscó de nuevo en su mochila y sacó una linterna.
        —Voy por más, esto se acaba rete aprisa —dijo muy resuelto.
        —¿Vas por más? ¿A dónde? ¿No dijiste que uno no podía andar por ahí en la selva de noche? ¿Por qué no me dijiste que traías una linterna? —si ya estaba lo suficientemente nervioso por tener que pasar la noche en la selva con alguien que la conocía, nomás no podía imaginar quedarme solo. O bueno, solo con el saraguato, que también conocía la selva, pero estaba enfermo, era un bebé y no nos podíamos comunicar nuestras angustias.
        —Acá nomás, de donde vea la lumbre. Y traigo una linterna porque no sales a la selva sin la linterna, sin los cerillos. ¡Híjoles, no sabías nada deveras! Estate ai tantito y no te espantes. Ira, toma estos cerillos, traigo yo más.
        Yo había tratado de disfrazar mi pánico, pero evidentemente no lo logré. Y no quería que Astianax pensara que era un miedoso, así es que tomé los cerillos y me puse a jugar con la cajita.
        —No, si yo lo decía por ti —le dije —. Es peligroso andar por ahí en la selva, me dijo el doctor. Yo aquí me quedo tan tranquilo con el monito.
        Astianax sonrió, y su sonrisa de dientes pequeños se dibujó mucho más grande por la luz de la fogata. Salió de la choza y buscó madera en los alrededores. En realidad yo me había quedado tranquilo, pues en ningún momento dejé de escuchar el ruido de sus pasos y ver la luz de su linterna.
        Mientras, me acerqué a ver al monito. Lo acaricié y él me agarró el dedo con la mano. Era muy pequeño, en verdad, un bebé.
        —A lo mejor por ahí anda tu mamá —le dije —, y viene a buscarte.
        Él me miraba abriendo mucho los ojos y hacía ruidos, sin dejar de apretarme el dedo con su mano negra y pequeñita. Si nosotros estábamos indefensos, ahí en medio de la selva y de noche, ése pobre parecía estarlo aún más. Sentí como que necesitaba protegerlo, a pesar de que él, a fin de cuentas, estaba en su casa.
        Cuando Astianax pensó que ya teníamos suficiente madera, regresó a la choza y entonces nos comimos los sándwiches. Sólo había sobrado lo mío, uno y medio, lo dividimos a la mitad y tomamos un poco de agua.
        Yo no entendía cómo era que nos habíamos perdido. No nos habíamos alejado tanto para rescatar al monito y era muy raro que los estudiantes, que venían despacio observando todo lentamente –ahora sí que, justamente, pajareando–, hubieran desaparecido de pronto.
        —Es que la regué y me cogí un camino que era el otro que no era el bueno de vuelta —dijo Astianax —. Yo pensé que era pa’ca, y no, tenía que ser pa’llá.
        Astianax se quedó mirando el fuego un momento; parecía meditar mientras yo le echaba más ramas a la fogata.
        —Creo jue el Sombrerón —dijo muy serio.
        —¿Cuál Sombrerón?
        Astianax me contó que en esa selva había un fulano al que conocían con el nombre de el Sombrerón. Que la gente que andaba por ahí y se topaba con él, aunque conociera muy bien la selva, perdía el camino.
        —Es chaparro, y bien prieto y trai su sombrero grandotote, anda risa y risa todo el tiempo y tiene las patas al revés.
        —Pues yo no vi ningún tipo con sombrero ni sin sombrero.
        —No, pos no lo ves con los ojos, no. No lo ves ni nada, sólo sabes que te lo topaste cuando andas ya pero bien perdido, y entonces lo que haces es voltearte tu propio sombrero para coger el camino bueno de vuelta —me explicó.
        Eso significaba un problema, ya que ni él ni yo traíamos sombrero.
        —¿Y voltearse el paliacate servirá?
        —Anda a saber, pues.
        Terminamos de comer y el monito ya se había dormido. Eran apenas las siete y media, y parecía que era la media noche. La fogata nos alumbraba dentro de la choza, pero fuera de ella la oscuridad era completa.
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