I Una especie de arranque
Si les digo que Pedro era un niño triste y solitario van a pensar que de entrada esto ya se puso un poco aburrido. Que las historias de personajes tristes y solitarios suelen transcurrir, justamente, tristes y solitarias. ¿A quién le interesa la historia de un niño impopular, que no tenía amigos? Que tenía, en cambio, un par de padres (quiero decir padre y madre, no crean que es tan moderna esta historia) que eran demasiado viejos y que además de haber entrado en la edad madura muchos años atrás, de pronto hacían locuras que llevaban a Pedro a pensar que, si esas cosas eran hereditarias, tarde o temprano él necesitaría la ayuda de un psiquiatra. La verdad es que si yo pensara que la historia de Pedro es aburrida, no se me ocurriría contársela a nadie. Y no es que él, como todos los niños, solitarios o no, no tuviera de pronto momentos en los que mirando el techo se preguntara qué chiste tenía una vida como la suya. Pedro tenía uno de estos momentos, para ser exactos, todos los días. Leía muchos libros, eso sí. La lectura le daba variedad a su vida, pero también gracias a ella podía notar que era tan aburrida. En los libros a los personajes les pasan cosas casi todo el tiempo. Muchos de ellos tienen aventuras en lugares lejanos, o romances llenos de pasión, o peligros qué sortear. Vaya, tienen algo de adrenalina que les adereza la existencia. A Pedro, desde hacía poco tiempo, lo único que le aderezaba la existencia era la vecina rara. ¿Y quién diablos es la vecina rara?, se preguntarán. Eso lo explicamos al rato. También hay que decir que en los libros que leía Pedro no sólo no se podían encontrar vidas similares a la suya, sino a la de ningún niño más o menos contemporáneo. Los personajes que poblaban las páginas de sus libros eran reyes, príncipes, dragones, brujas y el etcétera correspondiente. Pedro no veía muchas películas, pero no porque no le gustaran, sino porque no había entonces tantas como ahora. Sucede que la historia de este niño transcurre hace muchos años. No “hace muchos años” en tiempos de carretas e inquisición, sino “hace muchos años” cuando moría la música disco y el pop tomaba su lugar. Las plataformas y los pantalones acampanados se refundían en los armarios y daban paso a una moda equivalentemente horrible. Es decir, comenzaba la década de los ochenta. No se espanten. De acuerdo, en los tiempos de Pedro en este país no había computadoras, ni video juegos caseros, ni control remoto para el televisor ni teléfonos inalámbricos, no. Tampoco había muchas películas ni libros para niños, ni hamburgueserías transnacionales de las que incluyen un juguete con el menú infantil. A lo más que podían aspirar los niños de entonces en un restaurante era a que les dieran una manteleta con juegos tipo “une los puntos” o “encuentra las palabras”. Pero como les digo, no hay que asustarse ni tampoco compadecer a Pedro. Él no tenía nada de eso, pero no le hacía falta; así eran las cosas entonces y no había con qué comparar. Y aunque parezca difícil de creer, los niños no se aburrían. Bueno, Pedro sí, un poco, pero no porque nada de esto existiera, sino porque su personalidad no era muy festiva que digamos. Lo que quiero contar sucedió en ese tiempo, cuando Pedro era un niño de nueve años (casi diez), que tenía una vida un poco aburrida y un poco solitaria. Hoy en día ese niño tiene más de treinta primaveras. Y los treintones, solitarios o no, ya no acostumbran tener amigos imaginarios, de modo que su historia actual no podría ser yo quien la contara. Tal vez algunos de ustedes, al terminar de leer el párrafo anterior levantaron los ojos, se quedaron mirando la pared (o el sillón, o al compañero de la banca de enfrente, o el mar, si es que tuvieron la suerte de agarrar este libro mientras están de vacaciones en la playa), y reflexionaron: “A ver, a ver, ¿cómo que es un amigo imaginario el que nos está contando esto?”. Déjenme decirles que sí. Que esa frase que dice: “la imaginación no tiene fronteras”, está muy gastada y es un poco cursi, pero también es absolutamente cierta. Así es que lo que dije al principio, que el niño de esta historia no tenía amigos, no es tan cierto. Yo, su servidor, fui el amigo imaginario de Pedro. Y, créanme, no habría nadie mejor para contar su historia.
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