Un ángel en la azotea
Fragmento



Finalmente, el quince de diciembre ocurrió. Papá llegó a la casa con un par de bolsas de super llenas de botanas. No de papitas, de botanas elegantes, y también traía vino espumoso. Entre melodías que silbaba y grandes sonrisas que se le pintaban en la cara casi sin querer, preparó todo y lo subió a la azotea. Nos hizo vestirnos con ropa de salir, y así, tal y como si fuéramos a una fiesta de noche, subimos en filita india a la azotea. Mi papá se vistió con su traje más elegante; había cubierto la escultura con una sábana blanca y le puso delante un listón dorado, que en determinado momento alguno de nosotros tendría que cortar para dar por inaugurada la exposición familiar de la escultura. En la grabadora sonaba el Cascanueces de Tchaikovski. Muy navideño todo.

La gran sorpresa no consistió en que la famosa escultura fuera un ángel. Lo que nos impresionó a todos es que el ángel no estaba tan, tan mal. Por lo menos, parecía un ángel. Un ángel con los ojos en blanco, con algunos chipotes en la nariz (las narices era lo que más le costaba trabajo a mi papá) y con un serio problema de acné, pero al fin y al cabo, un ángel.
Sin ponernos de acuerdo ni nada, todos aplaudimos ante la visión de la escultura. Mi papá se emocionó muchísimo y brindamos porque el curso de verano había servido aunque sea un poco.

Yo nunca había tomado vino espumoso y me supo agrio y horrible, pero mi hermano me dijo que era un desaire muy grave no tomarse, al menos, el que le servían a uno para brindar, así es que lo más discretamente que pude, vacié mi vino en los pies del ángel. Nadie lo notó.

Esa noche fue como una fiesta en la familia, nos comimos las botanas, escuchamos música y platicamos hasta la madrugada. Hacía mucho tiempo que no la pasábamos tan divertidos. Y sin embargo, yo me di cuenta de que mi papá volteaba muy seguido hacia donde estaba el ángel, y entonces ya no parecía tan contento. Lo miraba con una especie de tristeza.
Para acabar la velada, abrazamos a mi papá, lo felicitamos de nuevo y después nos fuimos a dormir.

No sé ni qué hora era cuando, entre sueños, sentí que alguien me agarraba del dedo gordo del pie. Ese es un sistema que tenemos mis hermanos y yo para despertarnos sin sobresaltos, no como mi papá, que nos destapa de golpe y nos empieza a hacer cosquillas.
Yo no quería despertar, pero también tenemos la consigna de jamás jalar dedos gordos si no se trata de algo verdaderamente urgente.
Así es que me destapé la cabeza.

—¿Qué pasa? —dije en la oscuridad.

—Qué no pasa, muchacho, qué no pasa.

Esa voz no era la de ninguno de mis hermanos. Me espanté, me levanté y estaba dispuesto a pegar un grito que se hubiera oído en Alaska, pero una mano rasposa que se había colocado exactamente en mi boca me lo impidió. Yo pataleé y traté de zafarme, así como lo hacen en las películas de acción.

—¡Oye, oye, tranquilo, hermano!


Le escuché decir esta y otras frases no demasiado tranquilizadoras, pero en realidad me tranquilicé no porque aquel intruso me lo hubiera pedido así, sino porque me cansé de dar tanta patada.

—No vayas a gritar, por favor, porque nos metemos en un lío gordo.

“Lío gordo” es una expresión muy española que nomás le he oído usar a algunos españoles en la televisión y a mi papá, así es que eso me dio un poco de confianza y le dije:

—Fnofvy grtfr.

Que significaba “no voy a gritar”. Por alguna razón el desconocido entendió y me soltó. Para entonces mis ojos ya se habían acostumbrado un poco a la oscuridad. Lo extraño fue que no me diera un patatús ahí mismo cuando pude ver, frente a mí, al ángel de mi papá, muy sentado en mi cama.