Odisea por el espacio inexistente
Fragmento



Al despertar de nuevo, Andrés se encontró sentado en una mesa larga, larga, colocada en el centro del enorme cuarto que ya conocía. A su derecha estaban los hombres de la gabardina, que esta vez se presentaron más formalmente con los nombres de Ubaldo y Viriato Cochupo. Ubaldo era el gordo y Viriato el de la trenza. Junto a ellos estaba una mujer con una extraña vestimenta. Más allá, un grandote de mandíbula saliente que tenía un aspecto muy poco amigable y al cual le presentaron como el Salchichón, aunque tenía más parecido con un perro boxer que con un salchichón.
        —Él es el encargado de traer la comida —le explicó en secreto Viriato Cochupo—. Él trajo la leche con la que hicimos el almuerzo.
        Al oír esta palabra, a Andrés se le hizo agua la boca y quiso proponer un descanso para desayunar, pero en eso empezó a hablar la voz sin dueño.
        —Silencio —comenzó a decir —. Vamos a comenzar.
        —¿Qué vamos a hacer? —le preguntó Andrés a Ubaldo.
        —Una junta.
        —¡Ubaldo Cochupo, una palabra más con nuestro héroe y será usted expulsado de la junta! —bramó la voz, mientras Andrés trataba inútilmente de descubrir de dónde provenía.
        —¿Nuestro héroe? ¿Quién es su héroe?
      —Viriato Cochupo, faltan presentaciones, hágame favor de encargarse —ordenó la voz.
        Viriato se dirigió a Andrés:
        —Ella es Madame Salgar, nuestra eficiente adivina.
        Madame Salgar vestía de color morado, con largas telas vaporosas y enredadas. Portaba un gorro, morado también, con un velo que no dejaba ver su rostro; sin embargo, al mirar sus manos, Andrés dedujo que Madame Salgar debía ser una mujer mayor. La adivina hizo una reverencia sin decir nada y él respondió de la misma forma.
        —Y éste que viene llegando —prosiguió Viriato—, es Rosalío Largo.
        El recién llegado era un hombre flaquísimo y alto, muy alto; tanto que para poder pasar por la puerta del salón, tuvo que agacharse hasta quedar a la mitad de su tamaño. Además vestía un traje con chaleco, moño y sombrero, que le daban aspecto antiguo.
        —Perdonen mi demora —dijo, solemne, Rosalío Largo.
        Andrés nunca había visto nada semejante en su vida. Y más se sorprendió cuando el tipo se sentó: en lugar de sentarse como las personas normales, con el trasero, se enrolló en la silla como si fuera una cinta de medir, hasta que se acomodó en la mesa, sólo con los brazos de fuera. Pero eso no era todo; Rosalío podía alargar su cuerpo: en cuanto estuvo sentado, estiró el brazo hacia él —que estaba al otro extremo de la mesa— para darle la mano.
        Andrés lo miraba con la boca abierta hasta que Viriato Cochupo le hizo favor de cerrársela y le pidió que pusiera atención, porque iban a continuar con las presentaciones.
        —Ella es Lili, la más compacta de todo el equipo.
        Andrés miró hacia todos lados, y luego oyó una vocecita melodiosa y casi imperceptible que venía de abajo.
        —¡Aquí, aquí!
        Andrés se sorprendió aún más que con Rosalío Largo. Frente a él estaba una mujercita poco más grande que la palma de su mano. No parecía un hada como las de los cuentos porque vestía pantalones de mezclilla, playera y tenis.
        —¡Levántame!—, gritó la mujercita. Andrés, con todo el cuidado que pudo, la tomó con la mano y la colocó en la mesa. De cerca parecía tener catorce o quince años.
        —Me dicen Lili —dijo—, pero me llamo María José.
        —¿Por qué Lili?— preguntó Andrés—. María José no es un nombre tan feo.
        —No es que sea un nombre feo —respondió ella algo ofendida—. Pero por mi tamaño me apodaron Liliputiense, y Lili es más corto.
        Andrés se presentó a su vez y colocó a Lili en la silla vacía, que lo seguía pareciendo con una ocupante tan diminuta. Todo aquello era tan raro, que Andrés empezó a sospechar que formaba parte del mismo sueño donde había trabajado de pisapapeles. "Claro que esto es mucho más divertido que el principio del sueño", pensó satisfecho.
        —No, joven amigo, se equivoca —la voz de nadie arrancó a Andrés de sus pensamientos una vez más—. Usted está realmente aquí, es el héroe de nuestra historia y esto no es ningún sueño.
        —¿Cuál historia? Yo no soy ningún héroe, ustedes se equivocaron y secuestraron a otra persona.
        —Ya te dije que no uses la palabra secuestrar... es muy fea —le susurró al oído Ubaldo.
        —No, señor, no nos equivocamos. ¡Y ya deje de preguntarse dónde estoy y présteme atención...! — rugió la voz, cuyo dueño parecía adivinar uno a uno los pensamientos de Andrés.
        —Bueno, entonces dígame dónde está —exigió Andrés, y luego se arrepintió de haber usado un tono tan imperativo.
        —¿Qué, es usted miope? En cada esquina superior de este salón hay una bocina. Yo estoy en mi despacho, en la parte superior del salón y desde ahí le estoy hablando.
        En efecto, cuatro bocinas negras y pequeñitas colgaban de las esquinas. La voz continuó, ya sin gritar:
        —El mismo día que usted fue recolectado para ser traído aquí, unas horas antes fue atrapada la señorita Isabel Castellanos, compañera de escuela de usted.
        —¡Isabel! ¿Tienen ustedes prisionera a Isabel? —exclamó Andrés consternado.
        —No, mi estimado mozuelo, su amiga está en manos del ruin Maestro de las Malas Artes, que la tiene encerrada en una celda en el cuartel general de las Fuerzas Jocosas, obligada a inventar chistes, mientras más malos, mejor, hasta llegar al peor que pueda inventar —la voz hizo una pausa que inquietó a Andrés—. Cuando eso suceda probablemente la dejarán en libertad, pero no podemos permitir que la situación llegue a ese punto. Sería muy peligroso para el cerebro de su amiga, ya que después no podría pensar más que tonterías. Es lo que pasa con quienes han llegado a la meta de estupidez que los obliga a cumplir el Maestro de las Malas Artes. Y usted ha sido seleccionado para encargarse de la misión del rescate de la doncella.
        —¿Y por qué yo?
        —Porque usted, durante todo lo que va de sexto de primaria, ha estado perdidamente enamorado de la prisionera —contestó la voz—. Tenemos confianza en que, por ese motivo, hará todo lo posible por salvarla.
        —Pero yo no soy valiente ni soy listo... ustedes deberían de saber eso: reprobé dos materias el último mes.
        Al decir esto, oyó un murmullo general de risitas y comentarios.



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