Las princesas siempre andan bien peinadas
Fragmento



Pasaron los cuatro días que faltaban para que llegara el fin de semana y Mauricio no dejó de ir más que el miércoles. Ese día yo creo que se pelearon de nuevo, porque Ana Laura llegó de la escuela tristísima y se encerró en el cuarto a oír música cursi. Era verdaderamente aburrido tener una hermana así. ¿Qué se hace en estos casos? Yo ya había hecho lo de el frasco en el congelador, pero pues parece ser que no había servido para nada. También traté de hacerle un poco de plática, pero cuando entré al cuarto, estaba en la cama boca abajo con la almohada en la cabeza y la música cursi a todo volumen. Le conté un poco de la escuela, un poco del programa de televisión que acababa de ver, un poco de la telenovela que ella ve que estaba a punto de empezar, pero todo fue inútil.
        Entonces no me quedó más remedio que ir a la tienda para comprarle a Ana Laura un chocolate, porque un chocolate es algo que siempre ha servido para poner de buenas a mi hermana. Cuando llegué al a tienda, decidí mejor comprar el chocolate para mí y a ella le compré una bolsa de fritos, unos nuevos que habían empezado a anunciar en la tele y en el anuncio decían en una cancioncita: ¡Llenan tu vida de diversión! A mi hermana eso le hacía muchísima falta.
        Pues nada, regresé, se los llevé a la recámara con un vaso de jugo para que los acompañara y no los quiso. Bueno, qué digo no los quiso, ni siquiera se quitó la almohada de la cabeza.
        Y, ¿qué se hace en estos casos? Pues me tuve que comer yo los fritos.
        Descubrí que el anuncio era tan falso como los consejos de la bruja moderna de la estación de radio. Mi vida no se llenó de diversión, y lo único que pasó fue que después de comerme el chocolate y los fritos me dio un dolor de panza espantoso. Cosa muy extraña, porque yo me puedo comer un tabique y no me pasa nada. Mi papá siempre dice que mi estómago debe de ser de acero inoxidable. Y mil veces antes me había comido no sólo un chocolate y una bolsa de fritos, sino un domingo completo de comida chatarra y nunca me había pasado eso. Tal vez eran los corajes que pasaba por ser solidaria con mi hermana. Total, que el tal dolor de panza me hizo tumbarme en la cama igual que Ana Laura.
        —Tú de qué te quejas, a ti sólo te duele la panza —me dijo.
        —¿Y a ti qué te duele?
        —A mí me duele el corazón.
        Si hubiera un Óscar a la cursilería, mi hermana se lo hubiera ganado por unanimidad de la academia y del mundo entero, sí o no.
        Pero de todos modos, me di cuenta de que era más grave de lo que pensaba.



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